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02 diciembre 2016
01 diciembre 2011
Pepe Agrelo (V)
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Como cada ano, eiquí estou a lembrarche, camarada, sempre ao redor do 21 do mes de Santos no que te despediches dos que andabamos a rondar polos recunchos do hospital de Compostela. Non traio boas novas estes días. O mundo vai a peor e as xentes andamos a escornar na escuridade, pois has de saber que a luz, aquela luz que desprendía a túa presenza, anda escasa e o que comezou como un luscofusco, ven de se converter nas tebras presentidas por Celso Emilio na súa longa noite de pedra.
Fai uns días andou o señor Rueda, da Xunta de Galicia, a comparecer cada media hora na telegaita porque tivemos eleccións xerais. Lembreime de ti porque o devandito persoeiro poñía cara de primeira comunión e comunicaba que os votos que saían das furnas (non as urnas), dábanlle ao Partido Popular a maioría absoluta. E lembrábame de ti porque sempre me dicías que urna en galego viña a ser urna en castelán, e furna traducíase como caverna.
Bon, pois este home tan importante do noso goberno, cada vez que saía ledo a informar do escrutinio, traía ao seu prol unha manchea de papeletas saídas (sic) das furnas, ou sexa, das cavernas. O pasado venres, xuntámonos como cada ano os integrantes da asociación Barbantia para entregarlle os Sereos aos nosos loitadores da cultura na bisbarra. A revista amada, Casa da Gramática, foi recoñecida, tamén a divina Eva Veiga e máis Paola a de Borobó.
Neste acto apareceu, como non, outro da furna que viña da Deputación. Tróuxonos moitos saúdos do seu xefe nun excelso castelán, o que provocou que o teu irmán Lois, o Clodio, eu e tres ou catro máis, abandonáramos a sala ata que rematou aquela provocación. Xa cho dixen, á peor.
Xena e máis eu seguimos quedando para ir comer con Solita á vosa casa un día que nunca chega. A culpa é nosa. A ver cando pasen as festas de Nadal. Polo demais, seguimos a facer versos e parece que a semente está prendendo pouco a pouco na xente nova. Lembrámosche a cotío. Queda tranquilo, mestre. Abur!.
Fai uns días andou o señor Rueda, da Xunta de Galicia, a comparecer cada media hora na telegaita porque tivemos eleccións xerais. Lembreime de ti porque o devandito persoeiro poñía cara de primeira comunión e comunicaba que os votos que saían das furnas (non as urnas), dábanlle ao Partido Popular a maioría absoluta. E lembrábame de ti porque sempre me dicías que urna en galego viña a ser urna en castelán, e furna traducíase como caverna.
Bon, pois este home tan importante do noso goberno, cada vez que saía ledo a informar do escrutinio, traía ao seu prol unha manchea de papeletas saídas (sic) das furnas, ou sexa, das cavernas. O pasado venres, xuntámonos como cada ano os integrantes da asociación Barbantia para entregarlle os Sereos aos nosos loitadores da cultura na bisbarra. A revista amada, Casa da Gramática, foi recoñecida, tamén a divina Eva Veiga e máis Paola a de Borobó.
Neste acto apareceu, como non, outro da furna que viña da Deputación. Tróuxonos moitos saúdos do seu xefe nun excelso castelán, o que provocou que o teu irmán Lois, o Clodio, eu e tres ou catro máis, abandonáramos a sala ata que rematou aquela provocación. Xa cho dixen, á peor.
Xena e máis eu seguimos quedando para ir comer con Solita á vosa casa un día que nunca chega. A culpa é nosa. A ver cando pasen as festas de Nadal. Polo demais, seguimos a facer versos e parece que a semente está prendendo pouco a pouco na xente nova. Lembrámosche a cotío. Queda tranquilo, mestre. Abur!.
14 octubre 2011
Berberechos, el maná de Noé
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El arranque de la campaña marisquera de Noia siempre ha sido como un día de fiesta
Mucho, mucho antes de que Jehová, para culminar la travesía del desierto, le concediera a Moisés el maná con el que alimentar a su pueblo, Noé, agitando su cayado sobre las aguas, nos dejó como beso de despedida un maná de sal y nácar sembrado en los fondos de A Misela y de Testal. Millones de cofres redondos como copos de nieve durmieron bajo las olas mansas guardando el secreto eterno que habría de alimentar a miles de noieses.
El mejor berberecho del mundo se exhibe en estos días soleados de octubre con el descaro propio del que conoce su belleza y salta en los rastros duramente manejados con pericia por los hombres y alumbra con su albura los rostros agridulces de las mujeres que a pie marisquean doblando su cerviz, cumpliendo así con la maldición de ganar el pan con sangre, sudor y lágrimas.
Recuerdo bien en mi niñez la algarabía en el muelle y en los malecones, el ir y venir de gentes, camionetas y carros de bueyes transportando desde los barcos hasta el empedrado cientos de kilos de berberechos vírgenes que hombres y mujeres escogían según su tamaño, pequeño, mediano o grande, y apilaban como cucuruchos blancos invertidos apuntando al cielo que un año más había cumplido con el regalo del viejo Noé.
Sensaciones
Era aquella una fiesta de los sentidos en una época gris sin noticias de los dioses que nos habían abandonado a nuestra suerte. Era un día grande. Podías sentarte al lado del señor Andrés o do sancosmeiro ya que, mientras con destreza a una sola mano liaba la picadura, te invitaba a coger un montoncito de berberechos y te enseñaba a abrirlos usando como llave la bisagra de otra concha. Te daba un poco de palique con el eterno: «Non sei que tal os pagarán iste ano» y aún te despedía llenándote las manos, «lévallos ao teu avó da miña parte».
La pascua del mar
No era el mío un caso único. Era la costumbre festiva, la pascua del mar, la Nochebuena de un tiempo ya ido y ahora mecanizado y frío pero igualmente necesario e importantísimo para cubrir el déficit vital de estos amargos días que nos toca vivir. Al principio, los compradores pagaban en mano a pie de barco. Después vinieron los vales y los marineros guardaban cola la mañana del sábado en los bares/oficina acordados para cobrar lo estipulado.
Ahora, la aséptica lonja de Testal, centraliza todas las operaciones. Pero el trabajo duro que hombres y mujeres ejercen para extraer el tesoro que Noé dejó sembrado en la ría, sigue siendo el mismo y los rostros reflejan la extenuación de la jornada, aunque ahora cada quien vuelva en su coche y no andando o a remo como en aquel tiempo en el que la ansiada Navidad y su paga extraordinaria caían en octubre.
Puede que no se lo crean, pero ese rapaciño que rastrillo en mano rescata la vida blanca del berberecho en la foto que abre esta crónica sobre la campaña marisquera es Antón Avilés de Taramancos, el poeta que asido a ese rastro cruzó la mar atlántica y se asomó a Colombia la Bella por ver que había más allá de los dioses que tenían por menores en el Olimpo a los dioses celtas.
A la izquierda del joven Avilés de Taramancos adivino la figura de Pepe Iglesias que hasta el arenal lo seguía, camarada mayor y fraternal del poeta, y remató su vida como farmacéutico en la localidad de Coreses, (Zamora), donde anteriormente fuera destinado como represalia por su nacionalismo, Xosé María Ávarez Blázquez para ejercer el magisterio.
Buscar el pan y la sal
La historia es un araña de oro que teje sus hilos de seda fina en los rincones más oscuros del tiempo para que el sol descubra su irisación un día inesperado. En su tela permanecen los cadáveres incorruptos de los héroes que hoy viven entre el mar y el cielo acodados en las barras de los bares donde los ángeles juegan al billar inglés. Allí conviven poetas y marineros que sin vacilar, cada otoño, buscan en la ría el pan y la sal que en estos tiempos trágicos les niega la vida. Salve a todos ellos. Salud y fe para lograr contarlo.
Mucho, mucho antes de que Jehová, para culminar la travesía del desierto, le concediera a Moisés el maná con el que alimentar a su pueblo, Noé, agitando su cayado sobre las aguas, nos dejó como beso de despedida un maná de sal y nácar sembrado en los fondos de A Misela y de Testal. Millones de cofres redondos como copos de nieve durmieron bajo las olas mansas guardando el secreto eterno que habría de alimentar a miles de noieses.
El mejor berberecho del mundo se exhibe en estos días soleados de octubre con el descaro propio del que conoce su belleza y salta en los rastros duramente manejados con pericia por los hombres y alumbra con su albura los rostros agridulces de las mujeres que a pie marisquean doblando su cerviz, cumpliendo así con la maldición de ganar el pan con sangre, sudor y lágrimas.
Recuerdo bien en mi niñez la algarabía en el muelle y en los malecones, el ir y venir de gentes, camionetas y carros de bueyes transportando desde los barcos hasta el empedrado cientos de kilos de berberechos vírgenes que hombres y mujeres escogían según su tamaño, pequeño, mediano o grande, y apilaban como cucuruchos blancos invertidos apuntando al cielo que un año más había cumplido con el regalo del viejo Noé.
Sensaciones
Era aquella una fiesta de los sentidos en una época gris sin noticias de los dioses que nos habían abandonado a nuestra suerte. Era un día grande. Podías sentarte al lado del señor Andrés o do sancosmeiro ya que, mientras con destreza a una sola mano liaba la picadura, te invitaba a coger un montoncito de berberechos y te enseñaba a abrirlos usando como llave la bisagra de otra concha. Te daba un poco de palique con el eterno: «Non sei que tal os pagarán iste ano» y aún te despedía llenándote las manos, «lévallos ao teu avó da miña parte».
La pascua del mar
No era el mío un caso único. Era la costumbre festiva, la pascua del mar, la Nochebuena de un tiempo ya ido y ahora mecanizado y frío pero igualmente necesario e importantísimo para cubrir el déficit vital de estos amargos días que nos toca vivir. Al principio, los compradores pagaban en mano a pie de barco. Después vinieron los vales y los marineros guardaban cola la mañana del sábado en los bares/oficina acordados para cobrar lo estipulado.
Ahora, la aséptica lonja de Testal, centraliza todas las operaciones. Pero el trabajo duro que hombres y mujeres ejercen para extraer el tesoro que Noé dejó sembrado en la ría, sigue siendo el mismo y los rostros reflejan la extenuación de la jornada, aunque ahora cada quien vuelva en su coche y no andando o a remo como en aquel tiempo en el que la ansiada Navidad y su paga extraordinaria caían en octubre.
Puede que no se lo crean, pero ese rapaciño que rastrillo en mano rescata la vida blanca del berberecho en la foto que abre esta crónica sobre la campaña marisquera es Antón Avilés de Taramancos, el poeta que asido a ese rastro cruzó la mar atlántica y se asomó a Colombia la Bella por ver que había más allá de los dioses que tenían por menores en el Olimpo a los dioses celtas.
A la izquierda del joven Avilés de Taramancos adivino la figura de Pepe Iglesias que hasta el arenal lo seguía, camarada mayor y fraternal del poeta, y remató su vida como farmacéutico en la localidad de Coreses, (Zamora), donde anteriormente fuera destinado como represalia por su nacionalismo, Xosé María Ávarez Blázquez para ejercer el magisterio.
Buscar el pan y la sal
La historia es un araña de oro que teje sus hilos de seda fina en los rincones más oscuros del tiempo para que el sol descubra su irisación un día inesperado. En su tela permanecen los cadáveres incorruptos de los héroes que hoy viven entre el mar y el cielo acodados en las barras de los bares donde los ángeles juegan al billar inglés. Allí conviven poetas y marineros que sin vacilar, cada otoño, buscan en la ría el pan y la sal que en estos tiempos trágicos les niega la vida. Salve a todos ellos. Salud y fe para lograr contarlo.
22 septiembre 2011
Pregoneros de las fiestas
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Creo que no es la primera vez que hablo aquí del asunto. El pregón que anuncia la fiesta adolece, cada vez con más frecuencia, de taras que se están instalando peligrosamente en nuestros concellos. Sangro por la herida porque fui pregonero por dos veces, una en Noia, mi pueblo, y otra en Porto do Son, villa a la que me une mucho más que mi propia vida. Acepté el encargo porque muchos de mis hechos sobre la tierra, tienen y tuvieron mucho que ver con sus calles y sus gentes.
Defiendo que el pregón debe ser librado a los vientos por gentes propias de la localidad que se encuentra en fiestas o por aquellas otras que, por las razones que sean, tengan parte de su vida incardinada en ella. La moda de traer al balcón municipal a personajes conocidos a través de la televisión u otros medios conlleva frecuentemente una deriva sucia hacia lo cañí y lo chabacano.
Sin restarle mérito alguno a su faceta artística, las palabras que el actor Ricardo Arroyo dejó flotando en la penumbra de A Pobra do Caramiñal ofenden por su fatuidad, su ignorancia y su atentado al humor inteligente. Allí dejó dicho Arroyo que conocía la fiesta del Nazareno: «Por un reportaje que hace algún tiempo vi en la televisión y que despertó más atención en mí que un partido de la liga turca». Este insulto a la inteligencia, al parecer, logró una cerrada ovación.
También se refirió el pregonero contratado para las fiestas del Nazareno al marisco y a un amigo con quien lo comparte, el cual, según señaló, «es mayorista, no un limpiapescado». Así que bien se ve que la lucha de clases continúa activa y que los de arriba son los de siempre y los demás el resto.
El lamentable señor Arroyo, a quien yo conocía por haber trabajado con gente tan seria como Chávarri o Fesser y no por las series de la pequeña pantalla, remató su pregón acudiendo al esperpento que con tanto arte logró Berlanga apoyándose en actores tan grandes como Isbert o Morán: «¡Viva el alcalde que me ha invitado!». Lo dicho, una intervención lamentable.
Defiendo que el pregón debe ser librado a los vientos por gentes propias de la localidad que se encuentra en fiestas o por aquellas otras que, por las razones que sean, tengan parte de su vida incardinada en ella. La moda de traer al balcón municipal a personajes conocidos a través de la televisión u otros medios conlleva frecuentemente una deriva sucia hacia lo cañí y lo chabacano.
Sin restarle mérito alguno a su faceta artística, las palabras que el actor Ricardo Arroyo dejó flotando en la penumbra de A Pobra do Caramiñal ofenden por su fatuidad, su ignorancia y su atentado al humor inteligente. Allí dejó dicho Arroyo que conocía la fiesta del Nazareno: «Por un reportaje que hace algún tiempo vi en la televisión y que despertó más atención en mí que un partido de la liga turca». Este insulto a la inteligencia, al parecer, logró una cerrada ovación.
También se refirió el pregonero contratado para las fiestas del Nazareno al marisco y a un amigo con quien lo comparte, el cual, según señaló, «es mayorista, no un limpiapescado». Así que bien se ve que la lucha de clases continúa activa y que los de arriba son los de siempre y los demás el resto.
El lamentable señor Arroyo, a quien yo conocía por haber trabajado con gente tan seria como Chávarri o Fesser y no por las series de la pequeña pantalla, remató su pregón acudiendo al esperpento que con tanto arte logró Berlanga apoyándose en actores tan grandes como Isbert o Morán: «¡Viva el alcalde que me ha invitado!». Lo dicho, una intervención lamentable.
31 julio 2011
Al sur de Noia, Rianxo
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Casi cada semana me reprocha Xena que no cito a Rianxo en mis escritos, y es cierto. Noieses y rianxeiros no tenemos una conexión clara, una via stellae que nos una en este mundo insolidario en el que los camaradas y los amores profundos son escasos. Viene de viejo esta distancia.
No tengo yo recuerdo de que mis padres o mis abuelos me hablaran de ocasión alguna en la que Castelao, Manuel Antonio o Dieste tuviesen con Noia alguna relación que dejara una huella imborrable de esas que se transmiten en las tertulias de taza blanca y quedan prendidas en los techos de las viejas tascas y de los derruidos casinos.
Tampoco somos los noieses actuales muy dados a emprender el santo camino que lleva a la Moreniña rianxeira ni los de Rianxo acercan su aire a Noia por ver a San Martiño. No hay hermanamientos, tráfico de besos ni ventanas que se abran en Noia y te precipiten en Rianxo. Somos más de Boiro, de Ribeira, A Pobra, Porto do Son, Lousame, Outes y Muros y, aunque nos hayamos dirigido cuartetas irónicas, maravillosas regueifas, con el fin de echar un poco de sal sobre la carne cruda, nos conocemos bien y nos queremos como hermanos. Tenemos línea de autobuses de frecuencia regular con ellos, pero con Rianxo?
El mundo se hace plano, largo coma la sombra de un ciprés, lejano como un horizonte estepario. No acabamos de sentirnos, de palparnos, de olernos y reconocernos. Se diría que para un noiés, Rianxo es ya el otro lado de la frontera, una cuestión de pasaporte, un viaje a hacer si no hubiere más remedio.
Seguramente me equivoque pero creo que este sentimiento es recíproco. No nos odiamos, no, pero cultivamos la indiferencia y ya sabemos lo que eso significa según canta la letra del despechado amante: «Odio quiero más que indiferencia». La indiferencia es una tortura, un sin vivir que carcome los buenos sentimientos, las mejores intenciones. Pero, oiga, tuve amigos rianxeiros. Recuerdo al maestro Abelleira que vino destinado a un colegio noiés y aquí fundó su familia, casó con una noiesa y dejó descendencia bien querida por esta mi casa.
No olvido los atardeceres en la tasca típica pre-Avilés en los que, entre taza y taza de aquel vino que salía del bocoy como un chorro de ámbar fresco, Abelleira, el primer socialista de carné en la sangre, disertaba sobre los discursos de don Pablo Iglesias que encendían las almas proletarias hasta el delirio en los astilleros y en las bocas de las minas. En las plazas públicas y en los teatros.
Abelleira era un hombre bueno y murió joven llevándose su abundante barba agreste a los cielos de los que había venido. Con frecuencia lo acompañaba en la tertulia otro rianxeiro que, creo, tenía una librería cerca de la plaza de Castelao, tal vez en la rúa do Medio. Lamento no recordar su nombre pero sí veo su cara, su gesto entusiasta apoyado en unos ojos negrísimos.
Pocas veces me presenté a un premio literario. En una de esas ocasiones, ganó Xesús Santos, rianxeiro y poeta grande que con justicia me privó del laurel de la victoria. Y tengo otro recuerdo, este amargo, de Rianxo. Allí estuve, ví y hablé por última vez con Pucho Boedo. Ya muy enfermo había venido a cantar tres canciones y media. El bueno de Pucho cenó con dificultad la mitad de una tortilla francesa y un vaso de agua mientras me contaba los viejos tiempos de camarada con mi tío Germán Olariaga a quien sustituyó en Los Tamara en los años gloriosos. Amo a Rianxo aunque la olvide a veces. Pero todo está consumado.
No tengo yo recuerdo de que mis padres o mis abuelos me hablaran de ocasión alguna en la que Castelao, Manuel Antonio o Dieste tuviesen con Noia alguna relación que dejara una huella imborrable de esas que se transmiten en las tertulias de taza blanca y quedan prendidas en los techos de las viejas tascas y de los derruidos casinos.
Tampoco somos los noieses actuales muy dados a emprender el santo camino que lleva a la Moreniña rianxeira ni los de Rianxo acercan su aire a Noia por ver a San Martiño. No hay hermanamientos, tráfico de besos ni ventanas que se abran en Noia y te precipiten en Rianxo. Somos más de Boiro, de Ribeira, A Pobra, Porto do Son, Lousame, Outes y Muros y, aunque nos hayamos dirigido cuartetas irónicas, maravillosas regueifas, con el fin de echar un poco de sal sobre la carne cruda, nos conocemos bien y nos queremos como hermanos. Tenemos línea de autobuses de frecuencia regular con ellos, pero con Rianxo?
El mundo se hace plano, largo coma la sombra de un ciprés, lejano como un horizonte estepario. No acabamos de sentirnos, de palparnos, de olernos y reconocernos. Se diría que para un noiés, Rianxo es ya el otro lado de la frontera, una cuestión de pasaporte, un viaje a hacer si no hubiere más remedio.
Seguramente me equivoque pero creo que este sentimiento es recíproco. No nos odiamos, no, pero cultivamos la indiferencia y ya sabemos lo que eso significa según canta la letra del despechado amante: «Odio quiero más que indiferencia». La indiferencia es una tortura, un sin vivir que carcome los buenos sentimientos, las mejores intenciones. Pero, oiga, tuve amigos rianxeiros. Recuerdo al maestro Abelleira que vino destinado a un colegio noiés y aquí fundó su familia, casó con una noiesa y dejó descendencia bien querida por esta mi casa.
No olvido los atardeceres en la tasca típica pre-Avilés en los que, entre taza y taza de aquel vino que salía del bocoy como un chorro de ámbar fresco, Abelleira, el primer socialista de carné en la sangre, disertaba sobre los discursos de don Pablo Iglesias que encendían las almas proletarias hasta el delirio en los astilleros y en las bocas de las minas. En las plazas públicas y en los teatros.
Abelleira era un hombre bueno y murió joven llevándose su abundante barba agreste a los cielos de los que había venido. Con frecuencia lo acompañaba en la tertulia otro rianxeiro que, creo, tenía una librería cerca de la plaza de Castelao, tal vez en la rúa do Medio. Lamento no recordar su nombre pero sí veo su cara, su gesto entusiasta apoyado en unos ojos negrísimos.
Pocas veces me presenté a un premio literario. En una de esas ocasiones, ganó Xesús Santos, rianxeiro y poeta grande que con justicia me privó del laurel de la victoria. Y tengo otro recuerdo, este amargo, de Rianxo. Allí estuve, ví y hablé por última vez con Pucho Boedo. Ya muy enfermo había venido a cantar tres canciones y media. El bueno de Pucho cenó con dificultad la mitad de una tortilla francesa y un vaso de agua mientras me contaba los viejos tiempos de camarada con mi tío Germán Olariaga a quien sustituyó en Los Tamara en los años gloriosos. Amo a Rianxo aunque la olvide a veces. Pero todo está consumado.
19 junio 2011
Último tren, última estación
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Ahí le tienen. Muerto, desvencijado, artrítico, retorciéndose sobre las vías oxidadas por las que discurrió su vida. Tal vez un día llevó a la guerra a incautos soldados cantando viejas canciones de camaradas y trincheras. También acogería a viajantes de comercio, a prostitutas y a tahúres, a ingenieros a braceros y a vagabundos. A niños que corrían alegres por los pasillos jugando al escondite, ajenos a la vida que les esperaba abierta en canal al final del trayecto.
Viajó esta máquina resoplando bajo los cielos de las cuatro estaciones y transportó viajeros y mercancías de norte a sur y de este a oeste, arrastrando a una decena de vagones mientras los bronquios de acero y carbón de su alma alimentada por el fuego, fueron sanos, fuertes y brillantes como las lunas de Enero.
Mi abuelo Pepe me decía mientras liaba sus cigarrillos de picadura que yo no me moriría sin ver el tren circundar el Barbanza, desde Rianxo hasta monte Louro ida y vuelta. Se lo había asegurado un gran amigo que había sido ministro de la Guerra en los tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera. En aquellos días mi abuelo le escribía pidiéndole un buen destino para los mozos que en Noia le recomendaban sus madres y el ministro le contestaba enseguida de puño y letra: «Pepe, no te preocupes por ese chico. Se queda aquí en el Ministerio tan pronto haga la instrucción». Y a ese tren se subía el nuevo soldado con su pobre petate al hombro, seguro de que no iría a defender los territorios españoles en África y de que, por ello, su vuelta a casa antes de emigrar definitivamente a la Argentina, estaba asegurada.
Ese tren bordeaba el Miño tal y como lo cantó Andrés Dobarro (otro viejo camarada ausente) y hendía la estepa de Castilla con su fumarola radiante como un rayo de plata herido por el sol de la amanecida. Brillaban a su paso las mieses castellanas y el aire que cortaba su proa levantaba un polvillo de oro que se derramaba sobre los vagones y la máquina como una lluvia de ángeles. Su estrépito en el silencio de la llanura, alertaba a las culebras y ahuyentaba a las liebres y a las perdices que huían despavoridas a su paso buscando un refugio improbable en un bosque inexistente. Atrás quedaba la vida y delante se venía otra vida tal vez más hermosa, quizás más miserable y final.
Agotada, entraba envuelta en vapor la máquina en la Estación del Norte bajo el anuncio de Heno de Pravia y allí se dejaba sobre el andén la mercancía y las gentes, las lágrimas y los besos, las alegrías y la pena grande de no mirar atrás. Todo aquel mundo poblador de su intestino de madera se lo engullía Madrid desde su boca negra hasta su negro vientre del que nunca jamás algunos habrían de salir.
Al caer la noche, una nueva carga de almas y paquetes emprendían, envueltas en el jadeo asmático del viejo tren, el retorno al norte, al noroeste donde le esperaba la mar y las meigas de antes de la guerra. De nuestra gloriosa y maldita guerra que aún permanece latente en los álbumes, en los armarios, en las ofensas y en la venganza.
Así fueron pasando los años y las lunas y se murió el ministro y después mi abuelo Pepe. Se desmayó el calendario de mis días y de Rianxo no parte ningún tren con parada en Ribeira. Un tren costanero y alegre que contemple desde Porto do Son, camino de Noia y Muros, su orgullosa última estación en Monte Louro. Me moriré sin verlo y en el más allá buscaré al abuelo Pepe para decirle que el ministro estaba mal, muy mal informado.
Viajó esta máquina resoplando bajo los cielos de las cuatro estaciones y transportó viajeros y mercancías de norte a sur y de este a oeste, arrastrando a una decena de vagones mientras los bronquios de acero y carbón de su alma alimentada por el fuego, fueron sanos, fuertes y brillantes como las lunas de Enero.
Mi abuelo Pepe me decía mientras liaba sus cigarrillos de picadura que yo no me moriría sin ver el tren circundar el Barbanza, desde Rianxo hasta monte Louro ida y vuelta. Se lo había asegurado un gran amigo que había sido ministro de la Guerra en los tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera. En aquellos días mi abuelo le escribía pidiéndole un buen destino para los mozos que en Noia le recomendaban sus madres y el ministro le contestaba enseguida de puño y letra: «Pepe, no te preocupes por ese chico. Se queda aquí en el Ministerio tan pronto haga la instrucción». Y a ese tren se subía el nuevo soldado con su pobre petate al hombro, seguro de que no iría a defender los territorios españoles en África y de que, por ello, su vuelta a casa antes de emigrar definitivamente a la Argentina, estaba asegurada.
Ese tren bordeaba el Miño tal y como lo cantó Andrés Dobarro (otro viejo camarada ausente) y hendía la estepa de Castilla con su fumarola radiante como un rayo de plata herido por el sol de la amanecida. Brillaban a su paso las mieses castellanas y el aire que cortaba su proa levantaba un polvillo de oro que se derramaba sobre los vagones y la máquina como una lluvia de ángeles. Su estrépito en el silencio de la llanura, alertaba a las culebras y ahuyentaba a las liebres y a las perdices que huían despavoridas a su paso buscando un refugio improbable en un bosque inexistente. Atrás quedaba la vida y delante se venía otra vida tal vez más hermosa, quizás más miserable y final.
Agotada, entraba envuelta en vapor la máquina en la Estación del Norte bajo el anuncio de Heno de Pravia y allí se dejaba sobre el andén la mercancía y las gentes, las lágrimas y los besos, las alegrías y la pena grande de no mirar atrás. Todo aquel mundo poblador de su intestino de madera se lo engullía Madrid desde su boca negra hasta su negro vientre del que nunca jamás algunos habrían de salir.
Al caer la noche, una nueva carga de almas y paquetes emprendían, envueltas en el jadeo asmático del viejo tren, el retorno al norte, al noroeste donde le esperaba la mar y las meigas de antes de la guerra. De nuestra gloriosa y maldita guerra que aún permanece latente en los álbumes, en los armarios, en las ofensas y en la venganza.
Así fueron pasando los años y las lunas y se murió el ministro y después mi abuelo Pepe. Se desmayó el calendario de mis días y de Rianxo no parte ningún tren con parada en Ribeira. Un tren costanero y alegre que contemple desde Porto do Son, camino de Noia y Muros, su orgullosa última estación en Monte Louro. Me moriré sin verlo y en el más allá buscaré al abuelo Pepe para decirle que el ministro estaba mal, muy mal informado.










